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Jesús el Hijo de Dios es tentado

¿Cómo se supone que debe vivir una persona famosa? Aunque los estilos cambian, siempre aparecen patrones: algunos exhiben su fama con cadenas enormes, diamantes en los dientes, relojes millonarios, autos de lujo y mansiones con exceso de brillos. Otros lo hacen con más sutileza: ropa sencilla pero de marca cara, looks “naturales” trabajados con detalle, accesorios pequeños pero costosos. De una forma u otra, todos comunican lo mismo: “soy alguien distinto, soy especial, tengo poder”.

En Lucas 4 se nos muestra que Satanás quiso tentar a Jesús precisamente en esa dirección: “Si eres Hijo de Dios…” La tentación no buscaba que Jesús probara su identidad —el Padre ya había dado testimonio en su bautismo—, sino que actuara como Satanás imaginaba que un Hijo de Dios debía comportarse: alguien que usara su poder en beneficio propio, que buscara gloria sin cruz, que exigiera pruebas de Dios en lugar de confiar en Él.

El relato comienza con un detalle clave: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu en el desierto por cuarenta días, siendo tentado por el diablo. Y no comió nada durante esos días, pasados los cuales tuvo hambre” (Lucas 4:1–2). Jesús está lleno del Espíritu, pero al mismo tiempo está en el desierto, frágil en su humanidad, expuesto al hambre y a la soledad. No es casualidad: el Espíritu lo guía allí, como antes Israel fue llevado cuarenta años al desierto. Israel fracasó, Jesús vence.

Aquí ya aprendemos algo: alguien debía ser tentado en nuestro lugar para que nosotros pudiéramos ser victoriosos. También entendemos que la tentación toca nuestras debilidades reales; Jesús tuvo hambre, y allí fue probado. Y sobre todo, comprendemos que la tentación busca interrumpir nuestra relación con Dios. El único remedio es confesar, arrepentirnos y volver a la cruz.

El pan que no sacia
La primera tentación suena simple: “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan” (v. 3). Jesús tenía hambre, y no había nada de malo en comer. Pero el punto no era la comida, sino la confianza. Satanás le invita a usar su poder para resolver su necesidad en sus propios términos, en lugar de confiar en la provisión del Padre. Jesús responde con la Escritura: “No solo de pan vivirá el hombre” (Deuteronomio 8:3). El pueblo de Israel había recibido maná en el desierto como prueba de fidelidad, pero murmuraron y desconfiaron. Jesús, en cambio, nos enseña que la vida no depende de lo que comemos, sino de la Palabra que sale de la boca de Dios.

Aquí hay una aplicación directa: ¿de qué vivimos en realidad? Muchos decimos confiar en Dios, pero nuestro corazón se llena de temor ante la escasez o la incertidumbre. La coherencia demanda que oremos y obedezcamos, no que usemos estrategias desesperadas o manipuladoras. Confiar en la provisión divina significa descansar en que Dios cuida de sus hijos y responder con fidelidad.

La gloria sin cruz
La segunda tentación apunta a la gloria. Satanás le muestra los reinos del mundo y le promete poder si se postra y lo adora: “A ti te daré toda esta autoridad y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero se la doy” (vv. 6–7). La oferta es atractiva: gloria inmediata, dominio absoluto, sin sufrimiento, sin cruz. Jesús responde otra vez con la Escritura: “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás” (Deuteronomio 6:13). El camino de la cruz no podía ser sustituido por atajos. Israel, en el desierto, había caído en idolatría fabricando un becerro de oro; Jesús, en cambio, mantiene la mirada en el Padre.

Nosotros también enfrentamos la tentación de buscar gloria sin cruz. Queremos reconocimiento, influencia o éxito rápido. Pero Jesús nos recuerda que la verdadera grandeza no se encuentra en dominar, sino en servir. Nuestra dignidad como hijos de Dios no es para enaltecer nuestro nombre, sino para glorificar el suyo.

La seguridad puesta a prueba
La tercera tentación toca la seguridad. Satanás lleva a Jesús al pináculo del templo y le cita un pasaje bíblico: “A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden” (Salmo 91). El diablo utiliza la Escritura para tentar a Jesús a que se lance y obligue a Dios a intervenir. Jesús responde con firmeza: “No tentarás al Señor tu Dios” (Deuteronomio 6:16). El Hijo de Dios no necesita probar al Padre; confía en Él. Israel había puesto a prueba a Dios en Masah, dudando de su cuidado. Jesús, en contraste, rehúsa manipular a Dios para satisfacer sus demandas.

Aquí también encontramos una advertencia para nosotros. Cuántas veces queremos usar la Biblia como fórmula para forzar a Dios: textos fuera de contexto que se convierten en slogans de prosperidad o promesas fáciles. Pero la fe verdadera no exige señales para creer; descansa en la Palabra de Dios y camina en obediencia.

El remedio en la Palabra
En las tres tentaciones, la respuesta de Jesús es la misma: la Escritura. No se trata de recitar versos mágicos, sino de vivir bajo la autoridad de la Palabra. Jesús no debate con Satanás desde el orgullo, sino que se somete a lo que Dios ya ha dicho. Así vence donde Israel fracasó. Y es importante notar algo más: el diablo no se va para siempre. Lucas dice que se alejó “hasta un momento oportuno” (v. 13). La tentación no fue un episodio aislado; acompañó a Jesús hasta la cruz. Lo mismo ocurre con nosotros: no dejamos de ser tentados, pero contamos con un Salvador que venció y que intercede por nosotros.

Lo que aprendemos en el desierto
El desierto no es un accidente en la vida cristiana. Dios lo permite para probar nuestra fe, formar nuestro carácter y recordarnos que dependemos de Él. La tentación nunca es excusa para pecar, pero sí una oportunidad para crecer en dependencia.Jesús, lleno del Espíritu, fue al desierto y salió victorioso. Nosotros, unidos a Él, podemos resistir. La estrategia es clara: vivir de la Palabra, confiar en la provisión divina, adorar solo a Dios, y rechazar la manipulación de su poder. Cuando caemos, el camino de regreso siempre es el mismo: confesión, arrepentimiento y volver a la cruz. Allí encontramos perdón y fuerza para seguir. El evangelio no nos promete una vida sin tentación, pero sí un Salvador que nos comprende, que fue tentado en todo y que nunca pecó.

Conclusión
El relato de la tentación de Jesús nos muestra que el Hijo de Dios venció donde nosotros hemos fracasado. Resistió el hambre confiando en la Palabra; rechazó la gloria inmediata y eligió la cruz; rehusó probar a Dios y descansó en su fidelidad. Así como Satanás quiso definir qué significa ser Hijo de Dios, también hoy el mundo nos presiona a vivir bajo sus patrones: éxito rápido, poder sin servicio, seguridad sin fe. Pero el evangelio nos recuerda que en Cristo tenemos un ejemplo y un Salvador. Él no solo nos mostró cómo vencer, sino que venció en nuestro lugar. El desierto sigue siendo parte de la vida cristiana, pero no estamos solos. Confiemos en la misericordia de Jesús, dependamos de su Palabra y caminemos en obediencia. Porque si Él fue fiel en la tentación, también nos dará gracia para resistir y perseverar hasta el fin.

Foto Pastor Brayan Allín

Brayan Allín es pastor en la Iglesia Bíblica Palabra de Verdad desde 2018. Está casado con Johana Pérez Tabera y tienen dos hijos (Lían y Zoe). Es psicólogo de profesión, tiene un diplomado en estudios bíblicos del instituto integridad y sabiduría y actualmente completa sus estudios de licenciatura en teología en el Seminario Teológico Bautista Dominicano.

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