En el Salmo 23 vemos a David hablar del Señor como su pastor. En el Salmo 34, el Salmista nos muestra ahora al Señor pastoreando a David. El contexto es claro: David, huyendo de Saúl, se encuentra frente a Aquis, rey de los filisteos (1 Sa.21:10-15). Estaba en una encrucijada de vida o muerte, arrinconado y experimentando gran temor. En medio de esa persecución y angustia, inspirado por el Espíritu, compone este canto que nos enseña verdades profundas sobre la adoración.
Bendeciré a Jehová en todo tiempo; Su alabanza estará de continuo en mi boca. (Sal.34:1) En Jehová se gloriará mi alma; Lo oirán los mansos, y se alegrarán. (Sal.34:2)
De este Salmo saco una proposición central: debido a que el Señor Jesucristo es un poderoso Salvador, puede librarnos de todos nuestros temores. Si eso es verdad, entonces la adoración —nuestro propósito existencial— debe reflejarlo. Adorar es reconocer, exaltar y disfrutar las excelencias de un ser superior; aunque el pecado haya dañado nuestra capacidad para adorar, el evangelio restaura ese deleite. Sin embargo, aun con nuevo corazón el temor puede paralizar nuestra adoración. El Salmo 34 nos muestra al menos tres maneras prácticas de vencer esa tiranía.
Primero: Hacer del Señor nuestra fuente principal de gloria.
David transforma su deseo de gloria personal en gloria al Señor. En vez de canciones para sí mismo, compone un salmo para exaltar a Dios. Cuando nuestro mayor deleite es Cristo, el temor pierde su poder porque nuestra satisfacción está a salvo en Aquel que es infinitamente digno. Como dice el salmista, el anhelo humano por gloria encuentra su respuesta al mirar la gloria de Dios y deleitarse en ella.
Segundo: Hacer del Señor nuestro refugio.
David clama y Dios le oye: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores.” (Sal.34:4) El salmo describe la cercanía y la protección divina: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende.” (Sal.34:7) Cristo es nuestro poderoso Salvador, vencedor de Satanás y de todo enemigo; acudir a Él por socorro práctico y presente es la forma bíblica de ser librados del miedo.
Tercero: Hacer del Señor nuestra fuente de temor reverente.
El salmo nos invita también a temer a Jehová en el sentido de reverencia que produce vida santa. “Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré.” (Sal.34:11) Temer a Dios no es una actitud paralizante sino transformadora: produce humildad, apartamiento del mal y búsqueda de la paz (Sal.34:12-14). Ese temor reverente apaga los fuegos del miedo humano porque compara nuestras aflicciones con la majestad de la gloria divina.
El Salmo 34 no niega la realidad del sufrimiento: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.” (Sal.34:19) Pero nos asegura que Dios está atento, cercano y protector. Comer y beber de la bondad del Señor (Sal.34:8) no es mera metáfora: es experimentar su provisión y cuidado que sostienen nuestro gozo aun en la prueba.
Si eres creyente, pregunta: ¿dónde buscas salvación cuando te atacan las aflicciones? Si aún no has venido a Cristo: eres un gran pecador, pero Cristo es un gran y poderoso Salvador. Él vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc.19:10). Acude hoy a Jesús; escóndete en Él y hallarás liberación del temor y la paz que solo Él da.
Que el Señor nos conceda un temor reverente que nos lleve a glorificarle con gozo, a refugiarnos en su poder y a adorarle libres del temor.
Deimer Vasquez Franco.