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La trampa del moralismo

Cuando se priorizan las apariencias sobre la esencia de nuestra relación con Dios.

Hace poco se publicó un anuncio: una iglesia local decide aislar a varios de sus miembros en una casa, con cámaras transmitiendo en vivo durante varios días, como parte de un experimento para “poner a prueba su fe”. Imaginemos, ¿qué pasaría?

Tal vez, bajo la presión, saldría a la luz lo que realmente hay en sus corazones. O quizá, conscientes de que todos los observan, decidan actuar, cual libreto de un programa de televisión, cuidando cada palabra y cada gesto para parecer cristianos ejemplares. Este segundo escenario tiene un nombre: hipocresía.

Según la Real Academia Española (RAE), la hipocresía se define como “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”.

Tristemente, la vida cristiana puede convertirse en eso mismo: una puesta en escena. Cuando esto sucede, estamos frente a algo peligroso: el moralismo, el cual nos lleva a hacer énfasis en reglas humanas y comportamientos externos, considerando erróneamente que producen salvación. En el Evangelio de Lucas 11:37-53 encontramos un claro ejemplo de este conflicto. Jesús confronta a los fariseos porque se centraban en religiosidad externa mientras descuidaban lo más importante: el corazón.

En este capítulo se describe una escena en la que Jesús aceptó la invitación de un fariseo a comer a su casa; al sentarse a la mesa, el fariseo se sorprende porque Jesús no sigue el ritual judío del lavado de manos antes de comer; su preocupación realmente no era la higiene, sino una práctica externa que se había elevado al nivel de verdadera espiritualidad. Este mensaje nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones y su verdadera intención, por ello es importante identificar algunas señales de Moralismo.

Primera señal: Vigilar el comportamiento visible de los demás para juzgar sus acciones y qué tan ajustadas están a las leyes civiles y ceremoniales. Esto hace que la vida cristiana se centre en el cumplimiento de prácticas que a la luz de la humanidad son muestra de una vida espiritual, para no ser señalados y lograr el reconocimiento público; sin embargo, los corazones se alejan realmente de la justicia y el amor de Dios. Ante esto, Jesús deja ver el error de ocuparnos solo del exterior y descuidar lo interior (Lc 11:39), dando claridad de que Dios no busca limpieza externa sin transformación interna; ÉL mira el corazón (1 S 16:7).

Segunda señal: Creer que nuestra vida espiritual está bien y que los demás están mal, esto enorgullece el corazón, generando un sentimiento de superioridad y a su vez lleva a exigir estándares que uno no vive, volviéndonos más críticos que compasivos (Lc: 11:45-46). El moralista juzga con dureza las luchas de los demás y, mientras se ocupa de revisar el pecado en otros se olvida por completo de los suyos, impidiendo su arrepentimiento.

Tercera señal: Estar más pendiente de las normas, tradiciones y apariencias: cómo vestir, cómo hablar, cómo comportarse y, olvidar por completo aplicar amor y perdón. La vida espiritual es más apariencia que un corazón alineado a Dios.

¿Cuáles son los peligros del moralismo?

El moralismo enceguece, no deja ver el pecado, nos vuelve superficiales, nos hace creer que nuestras acciones merecen ser reconocidas y lo que es peor, considerar que por medio de ellas se obtiene la salvación. Lejos de ello, nos aleja de una verdadera transformación, al no reconocer nuestra necesidad de arrepentimiento. Ante la hipocresía del moralismo Jesús hace una advertencia: “Pero ¡ay de ustedes, fariseos! expresión que aparece 6 veces en Lucas capítulo 11 y, en paralelo en el evangelio de Mateo, capítulo 23, se menciona 8 veces, dejando ver que este comportamiento tendrá duras consecuencias (Mt 23:33).

El poder transformador del evangelio

Rm 3:10 describe nuestra imposibilidad de llevar una vida espiritual perfecta “No hay justo, ni aun uno” es en el evangelio que encontramos salvación y la solución al moralismo; centremos nuestra mirada en Cristo, quien vivió una vida perfecta en nuestro favor, murió y pagó el precio por nuestros pecados.

El vivir una vida espiritual superficial opaca el poder de la gracia, desmeritando la obra redentora de Jesús en la cruz (Rm 3:24). El evangelio nos muestra que la moralidad no es la causa de la salvación, sino su resultado. Que la salvación por medio de la fe en Jesús es la que tiene el poder de transformar corazones de manera progresiva para lograr una vida cristiana genuina. Nos ayuda a reconocer nuestras debilidades y la necesidad de arrepentimiento diario a causa de nuestra naturaleza pecaminosa. Nos invita a dejar nuestras cargas en Cristo puesto que la salvación no es por nuestras obras, nada podemos añadir, sino por la obra perfecta de Dios. El evangelio nos ofrece descanso, no cargas difíciles de soportar.

Conclusión

El moralismo no es más que superficialidad en la vida cristiana, una trampa a la que se le atribuye poderes salvadores que no tiene. Promete seguridad, pero produce orgullo; santidad, pero genera hipocresía; promete aprobación, pero en vez de ello nos aleja de la aprobación de Dios. Nos hace perder el enfoque en la Cruz y olvidar que solo a través de Cristo se logra la transformación de nuestros corazones y mostrar frutos de verdadero arrepentimiento. Examinemos si nuestra vida espiritual es más apariencia y confiemos en la salvación que es en Cristo Jesús.

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Sonia Luz Cogollo Salgado, esposa de Salomón Aguirre con quien tiene tres hijos: Samuel, Santiago y Simón. Sirve en el ministerio de mujeres de Iglesia Bíblica Palabra de Verdad, es Administradora de Empresas de Profesión y actualmente adelante estudios en consejería bíblica, biblia y Teología.

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